La identidad después de la frontera
El otro también es nosotros
¿Existe una cultura latinoamericana?
La pregunta parece sencilla, pero apenas intentamos responderla comienza a complicarse. Porque si buscamos una cultura común, inmediatamente aparecen las diferencias. No habla igual un mexicano que un argentino, ni tiene las mismas costumbres un boliviano que un colombiano. Dentro de cada uno de nuestros países, además, existen culturas distintas, historias distintas, lenguas distintas, maneras distintas de entender el mundo. Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de una cultura latinoamericana?
Tal vez la respuesta no esté en aquello que somos todos, sino en aquello que somos capaces de reconocernos unos en otros.
Hay una situación que me resulta particularmente reveladora. Dos latinoamericanos se encuentran fuera de América Latina. Pueden ser un boliviano y un mexicano, un colombiano y un argentino. No se conocían antes. No tienen necesariamente la misma historia, ni la misma comida, ni la misma música, ni siquiera la misma manera de hablar. Sin embargo, después de unos minutos de conversación suele aparecer una familiaridad difícil de explicar. Algo los aproxima.
La situación se vuelve todavía más interesante si el encuentro ocurre en España.
España es, para nosotros, un territorio extraño y familiar al mismo tiempo. Hablamos su lengua, aunque no exactamente de la misma manera. Compartimos una parte fundamental de nuestra historia, aunque esa historia fue vivida desde otro lado. Tenemos referencias culturales comunes, pero nuestras sociedades tomaron caminos diferentes. España está cerca de nosotros de una manera que otros países no lo están, pero precisamente por eso también puede hacernos descubrir aquello que ya no somos.
Y entonces ocurre algo curioso. Dos latinoamericanos que en sus países quizá se habrían reconocido primero como boliviano y mexicano, o como colombiano y argentino, pueden reconocerse en España como latinoamericanos.
¿Qué ha ocurrido?
No ha desaparecido la nacionalidad. Simplemente ha aparecido otra capa de identidad.
Tal vez las identidades funcionen de esa manera. No permanecen todas al mismo nivel. Se activan según las circunstancias. En Santa Cruz puedo sentirme cruceño; en Bolivia, boliviano; en España, latinoamericano. Ninguna de estas identidades cancela a las otras. Cada una aparece cuando el contexto la hace significativa.
Y aquí empieza, para mí, el verdadero problema.
Durante aproximadamente doscientos años, las repúblicas latinoamericanas han construido sus propias identidades nacionales. Para hacerlo necesitaron símbolos. Una bandera, un himno, un territorio, unos héroes, unas fechas, una historia. Necesitaron contar una historia que pudiera ser reconocida como nuestra.
La nación, en ese sentido, es una construcción extraordinariamente poderosa.
Un país puede reunir dentro de una misma bandera a personas que pertenecen a mundos culturales diferentes. En Bolivia, por ejemplo, existen múltiples maneras de ser boliviano. Hay diferencias regionales, lingüísticas, históricas, sociales y culturales que no desaparecen porque exista una bandera común.
La bandera no elimina la diversidad. La cubre con un símbolo.
Y no digo esto para descalificar la identidad nacional. Al contrario. Quizá toda comunidad humana necesite construir alguna forma de relato común para poder reconocerse como comunidad. La cuestión es que ese relato nunca contiene toda la realidad.
Debajo de la bandera siguen estando las diferencias.
Y quizá precisamente por eso resulta tan interesante lo que ocurre cuando dos latinoamericanos se encuentran fuera de América Latina. Allí, por un instante, las fronteras nacionales pueden perder parte de su fuerza. Aparece algo que no tiene bandera, ni himno, ni territorio común. Algo más difícil de señalar.
Una manera de conversar.
Una forma de acercarse al otro.
Una determinada relación con la familia.
El humor.
La hospitalidad.
La música.
La manera de contar una historia.
El modo de establecer confianza.
Incluso ciertas palabras.
Nada de esto es exclusivamente latinoamericano. Sería absurdo pretenderlo. Pero tampoco es necesario que algo sea exclusivo para que pueda funcionar como signo de pertenencia. Lo que importa es la combinación, la forma en que esos elementos se mezclan y producen una sensibilidad reconocible.
Quizá una cultura no sea aquello que todos hacen de la misma manera, sino aquello que permite que unos reconozcan en otros una cierta familiaridad.
Por eso me parece que la identidad latinoamericana puede ser más interesante que una bandera.
Una bandera dice: pertenecemos a un país.
Una manera de ser dice algo más silencioso: nos reconocemos.
Y ese reconocimiento no necesita ser explicado.
Hay ocasiones en que uno conversa con alguien durante unos minutos y descubre que el otro es “de los nuestros”. Todavía no sabemos exactamente de dónde viene, pero algo en su manera de hablar, de escuchar, de bromear o de relacionarse nos resulta familiar.
Es una experiencia difícil de definir porque ocurre antes de la explicación.
Quizá la identidad cultural sea precisamente eso: una forma de conocimiento que no pasa necesariamente por el concepto.
Lo sabemos antes de saber cómo lo sabemos.
Esto nos lleva a otra cuestión. Si cada país latinoamericano contiene culturas diferentes en su interior, ¿cómo podemos hablar de una identidad latinoamericana?
Tal vez debamos dejar de buscar una identidad homogénea.
No existe una única manera de ser latinoamericano.
Lo que existe puede ser algo más parecido a una conversación entre diferencias.
Un boliviano puede reconocer a un peruano sin dejar de ser boliviano. Un mexicano puede sentirse próximo a un argentino sin dejar de percibir todas las diferencias que existen entre ambos. Un brasileño puede formar parte de esa conversación aun cuando su lengua sea diferente.
La unidad, entonces, no estaría en la igualdad.
Estaría en la posibilidad del reconocimiento.
Y aquí aparece una idea que me parece fundamental: América Latina quizá no sea solamente un territorio. Puede ser también una comunidad cultural que se hace visible cuando sus miembros se encuentran fuera de ella.
Es extraño, pero la distancia puede acercarnos.
Mientras estamos dentro de nuestros países, las diferencias pueden ocupar todo el espacio. Cuando salimos, descubrimos semejanzas que antes no veíamos.
Quizá necesitemos alejarnos para poder mirarnos.
Y tal vez esto explique también por qué la experiencia latinoamericana no desaparece con las fronteras. Los Estados pueden tener límites precisos. Las culturas no.
Las palabras cruzan las fronteras. Las canciones cruzan las fronteras. Las familias cruzan las fronteras. Las historias cruzan las fronteras. Los recuerdos cruzan las fronteras.
Y también cruzan las fronteras esas maneras de ser que no aparecen en ningún documento oficial, pero que otro puede reconocer.
En ese sentido, la identidad latinoamericana no necesita una bandera común. No necesita siquiera una definición definitiva. Existe en la medida en que produce reconocimiento.
Podríamos decir que la nación nos ofrece un “nosotros” institucional. La cultura nos ofrece un “nosotros” que se descubre en la experiencia.
La nación necesita decir quiénes somos.
La cultura puede hacer que nos reconozcamos sin decirlo.
Por eso quizá la pregunta inicial —¿existe una cultura latinoamericana?— tenga una respuesta menos categórica y, al mismo tiempo, más profunda.
Sí, existe.
Pero acaso no precisamente como una esencia.
No como una lista de características que todos debemos compartir.
No como una cultura superior que se encuentra por encima de las culturas nacionales.
Existe como una trama.
Una trama de historias, mezclas, lenguas, memorias, músicas, gestos, palabras y maneras de relacionarnos que han ido construyendo, a lo largo de siglos, una posibilidad de reconocimiento.
Somos diferentes, como también son diferentes cualquier hombre con otro. Y esa diferencia no es un problema que haya que resolver.
Tal vez sea precisamente nuestra condición.
América Latina nació de encuentros, algunos voluntarios y otros violentos; de mezclas, imposiciones, resistencias y transformaciones. Sus culturas nunca dejaron de cambiar. Lo latinoamericano tampoco puede ser una cosa detenida.
Es algo que continúa haciéndose.
Quizá por eso dos latinoamericanos pueden encontrarse en Madrid, lejos de sus países, y descubrir que el otro, aunque sea extranjero, no es completamente extraño.
Pueden hablar de sus países, de sus ciudades, de sus familias, de sus recuerdos. Pueden descubrir diferencias enormes. Y, sin embargo, puede quedar una sensación difícil de nombrar.
La sensación de haber encontrado a alguien que entiende ciertas cosas sin necesidad de explicarlas demasiado.
Entonces comprendemos que la identidad no siempre está en aquello que nos hace iguales.
A veces está en aquello que nos permite reconocernos siendo diferentes.
Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de entender América Latina:
no como un lugar donde todos somos iguales, sino como un lugar cultural donde hay un grado de igualdad que sucede a pesar de nuestras diferencias, y donde todavía podemos descubrir en el otro algo de nosotros mismos, transformándose acaso en un camino a transitar más profundamente.
Gary Daher


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