sábado, noviembre 30, 2019

Lámparas de celofán

¿Hay alguien que pueda cantar
la procesión de las lámparas?








La ciudad detenida no es una ciudad desierta
en todas las esquinas se ha estacionado la gente
sentada en butacas de plástico
imitando a los antiguos  cuando salían a tomar el fresco

pero entonces se reunían en amables sillas
tejidas con paja o con palma
cuando no había motores
ni aparatos de música


ni celulares
ni tanta baratija ultramoderna.

Ahora la gente vigila
para que nadie transite
para que nadie viole la prohibición con su automóvil

y ya no pasan los hombres ni las mujeres
apurados de cumplir con algún capataz
o jefe de oficina siempre nervioso
con su obligación cotidiana de trabajar para otros
ni los muchachos del barrio que iban de fiesta
todos engominados todas acicaladas
en busca de aventuras
y bebidas
y ansiedades banales.

Veintiún días de paro
veintiún días conviviendo de distinta manera
en olla común celebrando
también los insólitos encuentros
veintiún días que te permito que me limites
en una larga queja desaforada
y yo dejándome hacer contra mi costumbre
violentando mis días contra mis hábitos
todo para sostener con una pitita
la cuerda en la que va a tropezar
la mandíbula del tirano.

Con una lámpara de celofán rojo 
pasa la demencia de la mentira.

Pero luego
porque el caído azuza
la muerte espera en las esquinas
la muerte siempre certera de la balas

y no sabes de dónde viene
si del fusil del soldado
o de la carabina del agitador encubierto
la muerte es la muerte hermano
y no hay ángel atrevido que la denuncie.

Con una lámpara de celofán amarillo 
pasa la sacerdotisa de los poderosos.

Desde el bosque quemado
han llegado los espíritus
de tanta naturaleza destruida:
tigres guacamayos toborochis tajibos y trompillos
pidiendo paz
pidiendo agua

y aquí los hombres
otros hombres más jóvenes más audaces
lideran las protestas

han cambiado la máscara
pero son los mismos
dicen que demandan el voto
que son ciudadanos
pero en la mano esconden
—ni ellos mismos lo admiten—
la avaricia
y en su estómago el hambre del poder
el hambre de animal racional que no tiene límites
mientras el rostro sonríe.

Son los nuevos
aquellos que también nos van a doblegar
por oro quién lo diría
que es lo que más te gusta.

Qué no podrías hacer con ese oro
sueño permanente de campesinos
porteros y ministros
y por el que anochecemos
esclavos
y ni hablar de morir que eso es de otros
de un himno que muy pronto todos
habrán olvidado.

Con una lámpara de celofán verde pasa la verdad
pero acaso ya sea muy tarde.

Gary Daher
Santa Cruz de la Sierra, noviembre 2019

sábado, noviembre 02, 2019

Y cuando abrimos los ojos la primavera ya estaba allí

Y cuando
abrimos
los ojos
la primavera
ya estaba allí.

miércoles, septiembre 25, 2019

Incendio Chiquitano

...Cuando el guayabo ardió 
se abrieron sus frutos rojos
y un olor como de vida
y otro olor como de muerte.


Pero en el quemado bosque
enfrentando en su centro
a la ceniza
entre los negros troncos
tras la primera lluvia
dos tímidas ramas verdes
anuncian
contra todo pronóstico incendiario
el retorno de los pájaros.

lunes, septiembre 02, 2019

El bosque. El dolor del bosque.

Vengo del quemado: del bosque quemado
donde se ha detenido
la desolación de la muerte

—¿Las verdes hojas de hermosas pieles?

—Ya no están, ya no se ven
se han encerrado en ceniza impalpable.

—¿Los árboles fuertes
las poderosas ramas
los brazos vegetales que se alzan al cielo
como lágrimas del bosque?

—Ardieron sin tregua.

—¿Los ojos vivaces
de las ágiles ardillas
trepando escurridizas con sus velludas colas
los siraris de rojas semillas?

—Los apagaron de pronto.

—Los tapires, los ciervos,
los protegidos armadillos que aquí llaman tatú
¿en qué senda se van?

—Los osos hormigueros y lobos de crin fueron primeros.
Todos calcinados.

—Los jaguares
los tigres que braman
y reinan la tierra
constantemente feraz de la llanura
¿dónde nos esperan? ¿Dónde con sus ojos de oro nos escudriñan?

—Los vi morir sin piedad.

—Y las lentas tortugas de lomos sagrados
de la misma especie
que en otros tiempos soportaba
en sus espaldas al mundo
¿dónde las escondiste?

—No pudieron escapar.

—Pero las aves volaron, ¿verdad?
Ellas tienen otra casa en el norte.
Allí es que deben estar.

—El humo y el fuego las aturdió:
cayeron tucanes y guacamayos
como voces que se incendian.
Aunque sí
ahora que lo dices
eso puede ser.
Algo tiene que habernos quedado
de tanta vida
de tanto color:
Nadie me dijo 
de si los negros tordos y el picaflor zafiro
volaron más allá del pantanal
o contra el sur
pero sí aquí quedaron
sus delicados nidos
totalmente abrasados
y no habrá resurrección.

—Ya no veo los pastos
ni los lentos caracoles de destino fijo
ni siquiera las avispas, esos sañudos petos
ni las laboriosas abejas
ni la rana chiquitana
ni las enormes hormigas de colas poderosas
no encuentro a nadie
¿Cómo todo esto nos sucedió?

—Aquello ya está muerto bajo el sol.

Es el bosque. El dolor del bosque.
Aquel que nos dejaba el agua cielo
con un polvo de hadas creador de la lluvia
y el aire puro y el puro aire
de vida pleno.

El bosque se ha perdido en un manto muy negro.
Hay un luto brutal.
El agua agua del río que siempre viene fría
y baja de lo alto entre saltos secretos
ha quedado desnuda a la noche del fuego.

Dicen que ese escándalo 
en que ha quedado expuesto
el cuerpo del agua agua
mucho gusta al hombre
animal racional
que viola y que daña.
Que también dicen busca
atosigar el quemado de especies ajenas
no por el hambre 
(siempre consejera mala)
sino por el gusano que le ha devorado
el corazón
codicia desmedida
que ahora gruñe 
solo 
como extranjero erizo
y qué más decir: implacable.

lunes, diciembre 03, 2018

En busca del agua salvadora



Rafael Soler, reconocido poeta y narrador español, escribe este texto sobre "Piedra Sagrada", libro de Gary Daher, Ediciones Vitrubio, recientemente presentado en Madrid.

“El poema es la conciencia de las cosas”, afirma Gary Daher con la jovial rotundidad a que nos tiene acostumbrados. El poema, pues, como acta y testimonio, espejo donde buscar cuanto la vida, ese incidente vertical y pasajero, ha hecho de nosotros. Gary Daher es poeta de mirada atenta, y esta Piedra sagrada (Trilogía) que, con brillante prólogo de José María Muñoz de Quirós ha publicado la editorial española Ediciones Vitruvio en su colección Baños del Carmen, así lo demuestra: libro de libros donde convive el notario de ese diario transcurrir que en “Viaje de Narciso” (2.009) hace grande lo menudo y viceversa; donde el sueño de una mariposa es el de todos, con la serena y profunda voz que nos guía por “La senda del Samai” (2.013); y con “Jardines de Tláloc” (2.017) como escenario y remanso final del recorrido por tres libros esenciales de un poeta de raza, sólido en su decir, bien leído y bien vivido, atento a lo grande y lo menudo.
“Padece el hombre afanes / y  gime y ríe y llora y copula”, nos dice el autor en Viaje de Narciso, estremecedora colección de poemas en un viaje al origen que cantan al padre, a un soldado de Marrakech, al anciano cuya carne se apaga cepillándose la prótesis dental, triste conejo de Alicia; un canto luminoso en su militante verdad, con el poeta “en medio del viejo mar / donde el mundo no es más que un espejo”. ¿Y qué otra cosa es la poesía sino indagación y búsqueda? Un poema, cualquier poema que merezca tal nombre, nace con vocación de perdurar, al encuentro siempre de un lector que posiblemente encontrará en él algo que no busca, pero está. Ahí el misterio, ahí su grandeza. Bien lo sabe Gary Daher que, con esa serena sabiduría que dan la vida y sus hachazos, nos habla de cómo es ese paraíso que nunca nos espera, de la luz como visible animal, del otro que sin saberlo fuimos una vez.
La senda del Samai nos desvela los secretos de la gigantesca estela conocida como La Gran Piedra o El Fuerte de Samaipata, petroglifo cuya visión turba profundamente al poeta, consciente de “estar al frente de un mensaje que habla de un muerto que camina, que posee ojos en los pies para no tropezar, para no caer en lo que puede suponer un oscuro sendero”. Trasegamos la vida a buches torpes y cortos, entre la ignorancia y el daño, perdidos en una falsa lucidez que a muy poco conduce para el que tanto espera; y un día, sin que nadie se lo pida, Gary Daher, observador empecinado, indaga en los mensajes que encierra esa potente mole de piedra, llave que su cerradura busca, lector en expectativa de destino, poeta en sazón cuando nos dice: “Si esperas nadie llega. / Solo la acción y la voluntad hacen al errante. / ¡Avanza!”. En la isla de Goa, recibe el nombre de Samai la danza que se realiza con lámparas de bronce encendidas sobre la cabeza de los oficiantes, y con similar delicadeza, atento a tono, dicción y ritmo, el poeta nos pide “Vivir en el corazón. Vivir en el interior de uno mismo”. Y así, consecuente, reparte  70 reflexiones de hondo calado en capítulos que son provocación y madero salvador: “El camino del fuego” (24 maneras de avivar las brasas), “La puerta dorada” (26 salidas de emergencia para aquellos que necesitan amar y ser amados), “El espíritu del agua” (6 diluvios cortos pero intensos, donde “la palabra de fuego, como el rayo, aparece en medio de la oscuridad”), “Libélula del tiempo” (10 líricos vuelos para comprender mejor, desde esa mínima altura que un instante de lucidez ofrece, nuestra geografía interior), y “Odre de oro” (4 vasijas de vario contenido para cuantos quieran iniciarse en la senda de Samai). Un poeta es, ante todo, una mirada; y una voz, también y quizá antes. Con voz y mirada, con limpio empeño por darnos lo mejor, Gary Daher logra a verso limpio que el lector se sienta interpelado, en un tránsito que se hace corto por este sendero que de nuevo nos conduce allí donde comienzan todos los viajes: hondón que cuida cuanto quisimos ser, cuanto creemos ser y cuanto somos. Libro donde cada cita es a la vez fuente y escollera, arnés para afrontar el día, Daher apostado en esa plaza que no siempre nos atrevemos a cruzar, y nos espera.
Y Jardines de Tláloc, tercer libro para que nada falte en esta Piedra Sagrada. Siete secciones y un solo aliento para hablarnos de la poesía como epifanía, la honda nostalgia que siempre provocan las pérdidas, el retorno de los desesperados a una ciudad que hizo del paisaje su añoranza, los ojos, en fin,  del niño que fuimos y aún nos mira.
Un buen poema nace siempre en su autor, y termina de escribirse cuando le es ajeno y ya pertenece a todos. Y esa es la primordial y muy legítima ambición del poeta: encontrar a ese lector que, concernido por lo escrito, deja el libro cerca para volver sobre él cuando su corazón disponga. “La poesía es la marca que te delata”, tiene escrito Gary Daher, distinguiendo así “a los poetas de los probetas”. Celebramos la edición española de este libro que empezaba a ser urgente: Piedra sagrada como gozoso compañero de muchos nuevos lectores, que apreciarán el afán de innovación, el sentido del riesgo y el vuelo lírico de este poeta cabal en busca siempre de formas nuevas y nuevos caladeros. Porque, como tiene bien dicho, “si uno no se las juega, entonces qué”.

                                                                              RAFAEL SOLER  

lunes, marzo 12, 2018

Nicomedes Suárez en el Ansia

Presentar a Nicomedes Suárez en esta edición del segundo número de la revista EL ANSIA, tiene el significado de la valoración de una obra que en nuestro entender viene a procrear un cosmos inmerso en el Amazonas, que más allá de una zona geográfica germina como un libro escrito en páginas de agua, y del que solamente se puede leer aquello que ha sido rescatado gracias a la imaginación fecunda de quien lo ha vivido.
Ricas aproximaciones a la obra de nuestro poeta han sido escritas, en la sección VERSIONES DE SUÁREZ, por Paura Rodríguez, Gabriel Chávez Casazola, Mónica Velásquez, Juan Murillo, además de un vuelo poético ensayado por el que habla.

En ellos, el lector se encuentra con revelaciones importantes, como las que nos deja Paura Rodríguez; y para muestra copio un fragmento:
“Perdí el paraíso y he pasado la vida tratando de recuperarlo”, ha dicho el poeta Nicomedes Suárez Araúz en alguna entrevista pretérita. Y no es en absoluto una metáfora. El hombre, que creció en uno de los afluentes del Amazonas, cuya formación inicial básicamente oral lo evadió de leer y escribir hasta los once años y que dejó la selva a esa edad para vivir en grandes urbes de Europa y América, encontró en la poesía no sólo la expresión de una estética sino una llave para volver al origen.

Más adelante,  Gabriel Chávez Casazola, además de su lectura, nos comparte su admiración ante la obra de Suárez: “Desde luego”, dice Chávez, “Cinco poetas amazónicos, al igual que el resto de la extensa producción poética, narrativa y ensayística, además de pictórica, de Nicomedes Suárez Araúz (que fui descubriendo luego poco a poco), era toda una rareza para el país: una pepita de oro encontrada en un río no de olvido, sino de desconocimiento; el desconocimiento casi total en Bolivia de la obra de este autor movima que se educó y residió muchos años de su vida en los EE.UU., donde fue (re) conocido y valorado, y desde donde difundió a varias naciones y círculos académicos y creativos su particular visión del arte y la literatura: la estética Amnesis.”
Por su parte, Mónica Velásquez en un deslumbrante texto híbrido, epístola-poema-perfil-crítica, juega como una ilusionista a ser personaje e irrumpe en el caudal de heterónimos del propio Nicomedes Suárez, descubriendo al poeta, al filósofo del arte, al pintor, al anacoreta y caminante de las aguas del olvido y de la selva; o de la selva del olvido, bajo el título de “Carta Urgente a los Escribanos de Loen”.

Finalmente, Juan Murillo en “Una arqueología del futuro” ensaya una aproximación en cinco movimientos al libro denominado El Poema América o The America Poem publicado en 1970 bajo la firma de El Poeta Movima, heterónimo de Suárez, cuya vida literaria se extiende hasta 1974. Este poema, a decir de su autor, representa una nueva clase de poema épico contemporáneo. El texto de Murillo concluye afirmando que “La presente aproximación es apenas la punta del iceberg ya que un análisis más detallado requiere necesariamente una profunda y sagaz investigación que dé origen a una mirada crítica del poema y del universo ficcional y profético construido por el poeta, que no es otra cosa que el lenguaje nicomediano en búsqueda del silencio donde habita la poesía”. Invitándonos, sin lugar a dudas, a zambullirnos, ya no solo en el poema en cuestión, sino en el mar de esta obra todavía inclasificable. En ese sentido, permítanme leer unos cuantos versos, que en ese ensayo se copian del Poema América:

Yo camino. Yo soy
Ancestro del satélite…
Ancestro del avión reactor.
Ancestro del automóvil.
Ancestro de la carreta.
Ancestro
precediendo
el ritual de los pétalos sangrantes
(La flor de loto flota en tus ojos Sedna
la flor de loto flota en mi Amazonas)

Esto y mucho más encontrará el interesado lector en este número de la revista El Ansia, junto a unos poemas de preferencia de Nicomedes Suárez, escritos por poetas amazónicos.

Fotografías inéditas en una diagramación de lujo conforman esta entrega.
Y, como no podía ser de otra manera, la exploración al poeta y a la obra de Nicomedes Suárez Arauz, se cierra finalmente, y por supuesto, con la sección PRIMERA PERSONA, donde se publica una selección de algunos de sus extraordinarios poemas.
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*La revista El Ansia es una publicación anual del grupo editor La Máquina de Escribir, que presenta cada año a tres escritores: Un poeta, un narrador, y un ensayista, filósofo o prosista, no necesariamente consagrados, con la finalidad de enriquecer el conocimiento de la producción literaria en Bolivia. El número 2 de esta revista acaba de ser publicado, y ha sido presentado en La Paz, Cochabamba, Sucre y Santa Cruz.

miércoles, noviembre 29, 2017

Poemas bajo el Puente Einsten-Rosen

Cómo arranco las hojas al árbol sin que sangre?, acaso se preguntaba el Dante en un recodo del infierno. Pero tú no atiendes a estas imperiosas cuestiones, y te quedas pensando en eso de que un poeta nace, porque no se puede hacer, porque hacerse poeta implica todo ese ingrato sacrificio de la disciplina del lenguaje, el estudio de los poemas de otros, la lectura del mundo, el interminable fracaso de los poemas que no logran transmitir lo que tú sabes que se debía transmitir, cuando algo sabes, porque generalmente no sabes nada. Y esto porque nunca estuviste como alguno, caminando por el altiplano boliviano en plena tormenta, y porque no ocurrió aquel repentino rayo, sin árbol que te acoja, que se te hubiese venido encima; y así nunca sentiste la poderosa descarga en todo tu cuerpo, ni temblaste, ni sentiste la eternidad en un segundo, para que ese instante te transforme completamente, y de esa manera empezar a decir otras cosas, por eso de que nunca más podrías decir las mismas cosas después del rayo. Todo esto como si fueras a despertar. No te ha sucedido.
Por eso tengo que referir la vez que un maestro amigo, libro de poemas al frente, y hubiese querido que fuese en el Café Victory de Santa Cruz de la Sierra, me introdujo al mundo de las tormentas eléctricas. Se trataba de un poeta que conocía la magia del poema breve, y del cómo, gracias a éste, se podría ingresar con los ojos abiertos a recibir la descarga del rayo.
Allí fue cuando me vi preguntándome sobre la poesía breve. No solamente aquella que en tres versos se despacha un poema, sino sobre toda la poesía fragmentaria, aquella que no pretende estar sino como provocación. Desplazar la lectura de la vida para intentar caminar a través del mundo interior del hombre. Y en ese pequeño espacio, en ese increíble espacio de palabras, descubrí que esos poemas solo se podían abarcar a través de la física cuántica, o sea, poemas bajo el puente Einsten-Rosen, algo así como un ombligo cosmogónico de versos, por donde antiguamente se habría alimentado la luz.
Para no extendernos en la física cuántica, diré simplemente que se trata de poemas llave, hechos para franquear esa puerta impensable, construida de silencios que no sospechamos, y que es como entrar en un punto de las cosas donde todo se transforma, del que no se puede decir nada; sabiendo si no faltará aquél que nos diga que sobre cada uno de esos poemas llave se pueden escribir infinidad de tratados, dignos de cubrir paredes y paredes de bibliotecas. Pero que no las necesitas, pues el poema breve ya redujo toda esa hojarasca a cero.
Claro que si se habla de poesía breve lo primero que nos viene a la mente son los haikus y los aforismos.
Pero el haiku tiene su poética: ésta se basa en el asombro y la toma de consciencia que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza, en consonancia con el Budismo Zen; mientras el aforismo es una expresión para hacer resquebrajar los sistemas racionales. Está hecho de una declaración que contiene elementos mágicos porque cuestiona los detalles aparentemente más irrelevantes para echarnos en cara otras realidades que permanecen en nuestro día a día, más allá de lo evidente.
Por eso es que nos vemos empujados a buscar esas joyas, porque el poema breve no necesita de nosotros, como tampoco lo hacen las llaves, ni sus respectivas puertas.
Trataremos entonces de dibujar los territorios que seguramente serán nombrados en el mapa del tesoro.
Como todos sabemos los haikus son poemas breves que muestran escenas de la naturaleza o de la vida cotidiana.  En japonés, están compuestos por diecisiete "moras", que se arman en tres versos de cinco y siete "moras" respectivamente. Aunque esta métrica no es necesariamente fija.  Así que cuando las trasladamos a otras lenguas, como en este caso al castellano, comúnmente se sustituyen las "moras" por sílabas.
Formalmente, la esencia del haiku es "cortar" (kiru) mediante la yuxtaposición de dos ideas o imágenes separadas por un kireji, que es el término "cortante" o separador. Y si nos metemos en el esquema tradicional japonés, un haiku debería contener también una referencia directa o indirecta a la estación del año, mediante el uso de un kigo, que es la palabra que evoca las estaciones. Aunque, como ya se dijo, el haiku, más allá del kigo, espiritualmente tiene una raíz profunda en el Budismo Zen.
Existen muchas leyendas que nos pueden ayudar a comprender las prodigiosas maneras del haiku.
Se dice, por ejemplo, y esta es un relato que probablemente la mayoría ya ha oído (pero soy de la idea que lo que es bello debe repetirse) que un día, Matsuo Bashô fue a visitar al maestro zen Takuan. Los dos personajes hablaron durante un largo tiempo. Cuando el maestro decía algo, Bashô respondía extensamente, citando los Sutras más profundos y difíciles. Finalmente, el maestro dijo: eres un gran budista, un gran hombre. Lo entiendes todo. Sin embargo, en todo el tiempo que hemos estado hablando, solo has usado las palabras de Budha, o de maestros eminentes. No quiero oír las palabras de otras personas. Quiero oír tus propias palabras, las palabras de tu verdadera esencia.
Ahora, rápido, dime una frase propia.
Bashô se quedó sin habla. Su mente comenzó a funcionar vertiginosamente. ¿Qué puedo decir? Mis propias palabras... ¿Cuáles pueden ser? Pasó un minuto, luego dos, luego diez. Entonces el maestro dijo: creía que entendías el budismo. ¿Por qué no puedes responderme? La cara de Bashô enrojeció. Su mente se detuvo en seco, no podía moverse ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni adelante ni atrás. Estaba frente a una pared impenetrable. Entonces, sólo el vasto vacío. De repente se oyó un ruido en el jardín del monasterio. Bashô se volvió hacia el maestro y dijo:
Viejo estanque...

salta la rana...

sonido del agua...

El maestro soltó una risa fuerte y dijo: ¡Muy bien! ¡Estas son las palabras de tu verdadera esencia!
Bashô también rio.
Y, para intentar profundizar un poco más en la esencia del haiku, repetiré la tradición de cuando Kikaku, discípulo de Bashô, compuso el haiku “Libélulas rojas: / quítales las alas y, /serán vainas de pimienta”. Sabemos que la corrección de Bashô fue iluminadora: -De ese modo has matado a la libélula. Di, más bien: “Vainas de pimienta: /añádeles alas, y /serán libélulas”.
La mente del maestro iba guiada por el principio de que el haiku no podía ser instrumento para dañar, mutilar y matar, sino –todo lo contrario- para dar vida, fomentarla y defenderla: para, en una palabra, “humanizar”.
Aquí me pregunto: ¿Será poema algún artefacto que no sirva para humanizar?
Acaso este haiku del mismo Bashô podría ilustrar lo que digo:

Al Fuji subes

lento vas, pero subes

caracolito.

 
Claro que, si el haiku es la saeta, el arco es el poema zen, aunque a veces el arco también es la saeta.
Y qué decir de los aforismos, especialmente aquellos que guardan poesía como si de un poema se tratase, escondido en una declaración que se pretende categórica, pero que emplea un sistema de perplejidades que nos trasladan a dimensiones insospechadas gracias al verbo.
Existen, pues, aforismos, donde las afirmaciones se realizan dentro de ese nuevo universo hecho de discontinuidades, pues las definiciones son de otra naturaleza, y se construye un diccionario diferente, que pretende socavar aquél que usamos comúnmente para desplazarnos y propiciar en nosotros esa nueva dimensión. En otras instancias las afirmaciones llevan a formular preguntas, dejando entrever dudas. Esas dudas son como ganzúas que intentan abrir nuevas puertas. En este escenario cada aforismo es como si tuviera personalidad propia, y nos muestra otro espacio, que no necesariamente es congruente con el anterior, se trata pues de intentar abrir puertas con la pretensión de conocer el universo, a través de lo que se dice.
Aunque el poema breve también ocurre a partir de la llamada Literatura Fragmentaria, producto de una fractura, como puede ser el caso de los retazos que deja el naufragio del tiempo en las obras de escritores pertenecientes a civilizaciones antiguas, como los griegos, pero también de las lecturas que naufragan en el mar de versos, nos dejan una frase, una sentencia, una luz poderosa como señal de un mundo que no hemos podido recibir en el lenguaje, pero que nos espera tras la puerta de la provocación de ese fragmento.
Acaso estos fragmentos también serán parte de los poemas que encontremos bajo el puente Einsten-Rosen, donde nos esperan algunos textos breves, producto de la sabiduría de poetas que siguieron la senda por la que su filosofía o metafísica los han conducido, dejándonos textos profundos, que no requieren más contundencia que la reunida en sus pocos versos. Entre ellos estarán los poetas Sufí y su maravillosa senda, a Omar Khayyan, a los poetas zen, más allá del haiku, que es su gran herramienta, a Lao Tse y sus desconcertantes poemas Tao, para nombrar los que la memoria quiere traer de inmediato, y junto a esos, probablemente algunos aforismos construidos a despecho de la razón, intuitivos, provocadores, y portadores de espacios todavía por fundar.
Ante el argumento planteado, no sería equivocado postular que la gran poesía ha debido transitar, y se sustenta, en esos breves espacios donde la eternidad se desata contenida en el instante, algo de lo que también ya se habló cuando se dijo sobre la descarga del rayo; intensidades éstas que viven incorporadas en los grandes poemas, y que pueden aparecer como fragmentos, cuyo poder tiene su fundación independiente, aunque fundamental para la estructura del gran poema. Es decir, lo breve como llave para abrir las puertas de ese continente que el ser mantiene en espera de ser descubierto.
Y si esto tiene que ver con el fragmento, estamos hablando de la lectura. Detenerse, podría ser la palabra. ¿Cómo leemos? La lectura puede llevarnos muy rápidamente a la concepción global, al motivo profundo que traía como mensaje el texto; pero existe esa otra lectura, la que se detiene en el fragmento, de manera que, al desechar el mensaje principal, más brutal todavía, lo hunde bajo la tormenta del que mira más allá, para detenerse en el naufragio, en lo que se podido quedar de la embarcación y su carga. Entonces, de repente, en medio de los restos descubre alguna joya, un precioso y aparente detalle, inicialmente inadvertido entre la variedad de la estiba. Y que bien visto, aproximándolo con una lupa, no es detalle, sino uno de esos poemas que yacen bajo el puente Einsten - Rosen, la llave de una puerta que se abre a otras dimensiones.
En este modo de lectura, hablamos, pues, de la respiración. Respirar es estar, vivir, mantener el instante como clave, que se renueva tras cada respiración para estar, fragmentario, pero fragmentario consciencial en el cosmos.
Entonces al respirar también revolucionamos nuestra lectura, no solamente de los poemas, sino del universo:  al revolucionar nuestra lectura, revolucionamos nuestra mirada.
Para intentar transmitir mejor la idea, comentaré una frase que esperaba en actitud de apronte, me parece, en los Cuadernos en Octava de Kafka. De repente, en medio de la retahíla de fragmentos, leo: “El alivio de los años.” Una verdadera bomba atómica, se diría. Lo primero que me viene a la cabeza, por esto del lenguaje, es preguntarme si esta declaración sonaba igual en el idioma original, pero ese raciocinio es el mismo que si me preguntara si el autor verdaderamente estaba consciente de lo que declaró. Ninguno de estos análisis tiene importancia para el propósito que planteo. Pues, lo que aquí interesa es el efecto, la consecuencia de esa literatura fragmentaria.
El lenguaje es lo suficientemente anchuroso como para transportar consigo verdaderas Arcas de Noe, capaces de procrear, es decir, engendrar nueva vida, nuevas estructuras vitales; gracias al caldo de cultivo, que también espera en el alma del lector. Esto provocará más tarde, si del poeta se trata, una cosecha inesperada.
Roberto Juarroz, al hablar de los aforismos de Antonio Porchia, afirma que en la poesía, en la literatura, en el arte, en la filosofía, hay una vanguardia permanente, que no consiste en la ruptura o la experimentación primordialmente exterior, ni tampoco en el trastrueque intempestivo e insólito de las formas, sino en una penetración cada vez más aguda e inteligente, en una constante profundización, sin atenuantes ni pretextos, en la sustancia misma de la realidad y en la de su expresión, creación o invención siempre renovada. Y en ese contexto coloca la obra de Porchia, como ceñida y personalísima, y como una prueba testimonial de esa vanguardia permanente, que aventura llamar vanguardia interior.
Y he querido sacar a colación a Antonio Porchia, para hablar de su libro de aforismos, que no es otra cosa que un mar de textos fragmentarios, como si cada uno fuese parte de otros textos más amplios, que hablaban de otras cosas; pero que dejaron en el naufragio, esta vez en la escritura, estos fragmentos. Estoy hablando, naturalmente, del único libro que escribió, Voces, título puesto con la intención de nombrar a sus aforismos, y esto es adecuado, en la medida en que son una multiplicidad de alter ego los que los pronuncian. Estos aforismos aparecen a veces afines, otras contradictorios, y otras con una provocación infinita. Obligando, sin duda, a una lectura que debe ser necesariamente fragmentaria. En este caso, el cultivo no se producirá sino como segmento, y así el lector tomará aforismo por aforismo, según lo que produce. Algunos de ellos, seguramente irán a depositarse bajo el puente Einsten-Rosen. Espacio donde toda ayuda es necesaria. Aunque aun sin ella debemos continuar, pues como también dijo el propio poeta Porchia, en uno de los poemas bajo el puente: Nadie puede no ir más allá. Y más allá hay un abismo. Y cruzamos el puente.
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