domingo, octubre 11, 2026
lunes, agosto 17, 2026
La identidad después de la frontera
El otro también es nosotros
¿Existe una cultura latinoamericana?
La pregunta parece sencilla, pero apenas intentamos responderla comienza a complicarse. Porque si buscamos una cultura común, inmediatamente aparecen las diferencias. No habla igual un mexicano que un argentino, ni tiene las mismas costumbres un boliviano que un colombiano. Dentro de cada uno de nuestros países, además, existen culturas distintas, historias distintas, lenguas distintas, maneras distintas de entender el mundo. Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de una cultura latinoamericana?
Tal vez la respuesta no esté en aquello que somos todos, sino en aquello que somos capaces de reconocernos unos en otros.
Hay una situación que me resulta particularmente reveladora. Dos latinoamericanos se encuentran fuera de América Latina. Pueden ser un boliviano y un mexicano, un colombiano y un argentino. No se conocían antes. No tienen necesariamente la misma historia, ni la misma comida, ni la misma música, ni siquiera la misma manera de hablar. Sin embargo, después de unos minutos de conversación suele aparecer una familiaridad difícil de explicar. Algo los aproxima.
La situación se vuelve todavía más interesante si el encuentro ocurre en España.
España es, para nosotros, un territorio extraño y familiar al mismo tiempo. Hablamos su lengua, aunque no exactamente de la misma manera. Compartimos una parte fundamental de nuestra historia, aunque esa historia fue vivida desde otro lado. Tenemos referencias culturales comunes, pero nuestras sociedades tomaron caminos diferentes. España está cerca de nosotros de una manera que otros países no lo están, pero precisamente por eso también puede hacernos descubrir aquello que ya no somos.
Y entonces ocurre algo curioso. Dos latinoamericanos que en sus países quizá se habrían reconocido primero como boliviano y mexicano, o como colombiano y argentino, pueden reconocerse en España como latinoamericanos.
¿Qué ha ocurrido?
No ha desaparecido la nacionalidad. Simplemente ha aparecido otra capa de identidad.
Tal vez las identidades funcionen de esa manera. No permanecen todas al mismo nivel. Se activan según las circunstancias. En Santa Cruz puedo sentirme cruceño; en Bolivia, boliviano; en España, latinoamericano. Ninguna de estas identidades cancela a las otras. Cada una aparece cuando el contexto la hace significativa.
Y aquí empieza, para mí, el verdadero problema.
Durante aproximadamente doscientos años, las repúblicas latinoamericanas han construido sus propias identidades nacionales. Para hacerlo necesitaron símbolos. Una bandera, un himno, un territorio, unos héroes, unas fechas, una historia. Necesitaron contar una historia que pudiera ser reconocida como nuestra.
La nación, en ese sentido, es una construcción extraordinariamente poderosa.
Un país puede reunir dentro de una misma bandera a personas que pertenecen a mundos culturales diferentes. En Bolivia, por ejemplo, existen múltiples maneras de ser boliviano. Hay diferencias regionales, lingüísticas, históricas, sociales y culturales que no desaparecen porque exista una bandera común.
La bandera no elimina la diversidad. La cubre con un símbolo.
Y no digo esto para descalificar la identidad nacional. Al contrario. Quizá toda comunidad humana necesite construir alguna forma de relato común para poder reconocerse como comunidad. La cuestión es que ese relato nunca contiene toda la realidad.
Debajo de la bandera siguen estando las diferencias.
Y quizá precisamente por eso resulta tan interesante lo que ocurre cuando dos latinoamericanos se encuentran fuera de América Latina. Allí, por un instante, las fronteras nacionales pueden perder parte de su fuerza. Aparece algo que no tiene bandera, ni himno, ni territorio común. Algo más difícil de señalar.
Una manera de conversar.
Una forma de acercarse al otro.
Una determinada relación con la familia.
El humor.
La hospitalidad.
La música.
La manera de contar una historia.
El modo de establecer confianza.
Incluso ciertas palabras.
Nada de esto es exclusivamente latinoamericano. Sería absurdo pretenderlo. Pero tampoco es necesario que algo sea exclusivo para que pueda funcionar como signo de pertenencia. Lo que importa es la combinación, la forma en que esos elementos se mezclan y producen una sensibilidad reconocible.
Quizá una cultura no sea aquello que todos hacen de la misma manera, sino aquello que permite que unos reconozcan en otros una cierta familiaridad.
Por eso me parece que la identidad latinoamericana puede ser más interesante que una bandera.
Una bandera dice: pertenecemos a un país.
Una manera de ser dice algo más silencioso: nos reconocemos.
Y ese reconocimiento no necesita ser explicado.
Hay ocasiones en que uno conversa con alguien durante unos minutos y descubre que el otro es “de los nuestros”. Todavía no sabemos exactamente de dónde viene, pero algo en su manera de hablar, de escuchar, de bromear o de relacionarse nos resulta familiar.
Es una experiencia difícil de definir porque ocurre antes de la explicación.
Quizá la identidad cultural sea precisamente eso: una forma de conocimiento que no pasa necesariamente por el concepto.
Lo sabemos antes de saber cómo lo sabemos.
Esto nos lleva a otra cuestión. Si cada país latinoamericano contiene culturas diferentes en su interior, ¿cómo podemos hablar de una identidad latinoamericana?
Tal vez debamos dejar de buscar una identidad homogénea.
No existe una única manera de ser latinoamericano.
Lo que existe puede ser algo más parecido a una conversación entre diferencias.
Un boliviano puede reconocer a un peruano sin dejar de ser boliviano. Un mexicano puede sentirse próximo a un argentino sin dejar de percibir todas las diferencias que existen entre ambos. Un brasileño puede formar parte de esa conversación aun cuando su lengua sea diferente.
La unidad, entonces, no estaría en la igualdad.
Estaría en la posibilidad del reconocimiento.
Y aquí aparece una idea que me parece fundamental: América Latina quizá no sea solamente un territorio. Puede ser también una comunidad cultural que se hace visible cuando sus miembros se encuentran fuera de ella.
Es extraño, pero la distancia puede acercarnos.
Mientras estamos dentro de nuestros países, las diferencias pueden ocupar todo el espacio. Cuando salimos, descubrimos semejanzas que antes no veíamos.
Quizá necesitemos alejarnos para poder mirarnos.
Y tal vez esto explique también por qué la experiencia latinoamericana no desaparece con las fronteras. Los Estados pueden tener límites precisos. Las culturas no.
Las palabras cruzan las fronteras. Las canciones cruzan las fronteras. Las familias cruzan las fronteras. Las historias cruzan las fronteras. Los recuerdos cruzan las fronteras.
Y también cruzan las fronteras esas maneras de ser que no aparecen en ningún documento oficial, pero que otro puede reconocer.
En ese sentido, la identidad latinoamericana no necesita una bandera común. No necesita siquiera una definición definitiva. Existe en la medida en que produce reconocimiento.
Podríamos decir que la nación nos ofrece un “nosotros” institucional. La cultura nos ofrece un “nosotros” que se descubre en la experiencia.
La nación necesita decir quiénes somos.
La cultura puede hacer que nos reconozcamos sin decirlo.
Por eso quizá la pregunta inicial —¿existe una cultura latinoamericana?— tenga una respuesta menos categórica y, al mismo tiempo, más profunda.
Sí, existe.
Pero acaso no precisamente como una esencia.
No como una lista de características que todos debemos compartir.
No como una cultura superior que se encuentra por encima de las culturas nacionales.
Existe como una trama.
Una trama de historias, mezclas, lenguas, memorias, músicas, gestos, palabras y maneras de relacionarnos que han ido construyendo, a lo largo de siglos, una posibilidad de reconocimiento.
Somos diferentes, como también son diferentes cualquier familia de otra, cualquier hombre de otro. Y esa diferencia no es un problema que haya que resolver.
Tal vez sea precisamente nuestra condición.
América Latina nació de encuentros, algunos voluntarios y otros violentos; de mezclas, imposiciones, resistencias y transformaciones. Sus culturas nunca dejaron de cambiar. Lo latinoamericano tampoco puede ser una cosa detenida.
Es algo que continúa haciéndose.
Quizá por eso dos latinoamericanos pueden encontrarse en Madrid, lejos de sus países, y descubrir que el otro, aunque sea extranjero, no es completamente extraño.
Pueden hablar de sus países, de sus ciudades, de sus familias, de sus recuerdos. Pueden descubrir diferencias enormes. Y, sin embargo, puede quedar una sensación difícil de nombrar.
La sensación de haber encontrado a alguien que entiende ciertas cosas sin necesidad de explicarlas demasiado.
Entonces comprendemos que la identidad no siempre está en aquello que nos hace iguales.
A veces está en aquello que nos permite reconocernos siendo diferentes.
Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de entender América Latina:
no como un lugar donde todos somos iguales, sino como un lugar cultural donde hay un grado de igualdad que sucede a pesar de nuestras diferencias, y donde todavía podemos descubrir en el otro algo de nosotros mismos, transformándose acaso en un camino a transitar más profundamente.
Gary Daher
lunes, mayo 04, 2026
LOS SENTIDOS DE LA TRADUCCIÓN DEL POEMA
“La traducción es una variación que es lícito ensayar. ¿Por qué no suponer que cada traducción es un borrador nuevo de la obra anterior?
Jorge Luis Borges
Se ha afirmado que el poema es una caja de resonancias y desde ella el sentido estalla, viaja, difiere. También se ha dicho que el poema parte las palabras, arma y desarma melodías, tonalidades, visiones e imágenes, guardando un ritmo único hecho de un cuerpo de intensidades. Tal que para traducir un poema hay que estar atentos a esas intensidades que llegan de esa forma singular. Traducir el poema será, entonces, hallar el modo que se tiene de repetir del original en una lengua de destino. Pero aquí aguarda una trampa. No existe el original en el sentido clásico de la palabra, pues como en el principio de incertidumbre de Heisenberg el poema vive en un régimen no clásico, acaso cuántico. Queriendo decir con esto que no podemos saber cuál es el poema origen, observando que basta el acto de lectura para que éste sea desplazado de su origen y adviniese en uno nuevo, producto de ese ejercicio.Si, eso es verdad, se trataría de hacer hablar al poema. Pero ¿hablará éste como un ente independiente de su autor y de sus circunstancias, es decir, vital, sin que esto quiera decir que pierda su identidad íntimamente ligada al momento de su nacimiento?
Ante este complejo, la traducción de poemas no puede restringirse a la traslación idiomática.
La traducción es por sí misma una lectura, y como tal un acto de crítica en el profundo sentido de la palabra.
Sin embargo, debemos reflexionar que el ejercicio crítico, aunque pretenda agotar una obra examinada, logra sólo cierta aproximación más o menos cercana. El ideal de la más fiel y meticulosa descripción, de la mímesis completa del texto, sería “una repetición palabra por palabra, de la misma obra”, según Todorov. A la luz de esta idea, quiero recordar el trabajo emprendido por el personaje de Borges, Pierre Ménard, quien crea otra obra a partir del Quijote, escribiendo nuevamente la obra literaria palabra por palabra sin recurrir al texto original sino a la madre que lo produjo -es decir, todos los elementos de espacio tiempo y la singular mirada del autor trasplantados- resulta una crítica perfecta, la más escrupulosa que transmite todo lo esencial de la obra comentada, siendo la obra misma en su totalidad. La repetición sería un resumen más fiel.
Pese a ello, el cuento de Borges no permite quedarnos tranquilos con esta idea. Cabe recordar, primero, la concepción expuesta en el prólogo de que un resumen es una compensación perfecta por su referente, y luego, otra, según la cual cada repetición difiere de lo repetido. Cada lectura crítica es una nueva creación.
En el Quijote mismo, es decir, en el de Cervantes, se declara que es simplemente una traducción, llevándonos a reflexionar que toda obra literaria, y también un poema es de alguna manera, desde ese punto de vista, una traducción, como lo son el habla y todo ejercicio del lenguaje, siempre heredado, siempre vertical, como diría Barthes, dictatorial.
Generalizando menos, pero sin perder de vista el hilo, podemos decir que el poema en su lectura, aun en el mismo idioma en el que fue escrito por su autor, sigue un proceso de traducción.
Así, un lector de poesía es un traductor. Sin embargo –y esto puede parecer sorprendente- es un traductor que no tiene un dominio de la lengua de origen –en la medida en que nadie puede dominar una lengua al punto que se transforme en la lengua misma-, sino que la sospecha y se zambulle en su estructura y en sus códigos tratando de hacer hablar al poema. Claro que cuando éste habla lo hace desplazado por la mirada y el universo del lector que ahora iluminan la obra, y dependerá de la potencia de esa luz (y aquí regresamos no precisamente al dominio de la lengua de origen sino a la cualidad de dominio de la lengua del espíritu) para avizorar los continentes y sus irregularidades o para quedarse simplemente observando –probablemente atónito- una cordillera de sombras.
Poetas como el mismo Octavio Paz o Giuseppe Ungaretti dan a sus traducciones "idéntico derecho" que al de sus propios poemas. Ezra Pound o Robert Lowell practican la traducción de interpretación libre. En ella, omiten, agregan, interpretan ideas para reconstruir una poesía viva. Mientras arriesgando mucho más todavía están aquellos como Jorge Luis Borges que defienden la actitud del lector que no busca un escrito que ya no está, sino una obra nueva con los mismos valores y secretos.
Por otra parte, están aquellos como Delfina Muschietti que afirman que traducir un poema será hallar una nueva forma que, como afirma Benjamín, debe capturar el modo-de-decir del original o podríamos decir, continúa Muschietti, el modo de repetir del original.
La realidad es inevitable, e independiente del criterio de enfrentar la traducción éste deberá tomar en cuenta el principio de incertidumbre y la cualidad viva del poema.
Foucoult nos advierte sobre la importancia de leer lo que está allí de hecho en un discurso y preguntarse por qué esa palabra, que es lo mismo que preguntarse por qué esa lengua, entre las muchas posibilidades.
Todo esto para ser fieles a la extrañeza y al ritmo. Ese desplazamiento. Ese devenir febril que nos dice del poema.
La maestría del traductor residirá entonces en dejarse llevar por el hálito inicial del poema y producir un cuerpo nuevo que sea capaz de reencarnarlo. Con ese hálito vendrá el original no como repetición sino como padre, engendrador de un nuevo poema. Así que el traductor deberá recurrir a la creación poética a fin de trasladar lo trascendente que guarda, tesoro escondido, el poema.
No es pues la literatura la ciencia de las palabras huecas, sino la de las palabras mujer capaces de ser engendradas para en una mágica parición trasladar los discursos primigenios, enriquecerlos y cincelarlos en el tiempo y en las versiones, de manera que regresen al origen, pero no al origen del poema, sino al de la creación, como un eterno retorno necesario.
Gary Daher
sábado, agosto 30, 2025
La distancia poética de los electrones
La poesía y la electrónica, dos mundos que a primera vista parecen distantes, comparten un territorio común: ambos se ocupan de la energía invisible que circula entre la oscuridad y la luz. En la poesía, esta energía es la chispa que se produce en el choque del buscador con la sombra: el poeta interroga lo inefable, se interna en la penumbra de la experiencia y, de pronto, encuentra el destello del asombro. La palabra, entonces, no es un mero vehículo de comunicación, sino un conductor de esa descarga que ilumina lo humano.
Ezra Pound, al erigir sus Cantos, se
comporta como un ingeniero que organiza un vasto circuito cultural: conecta la
tradición grecolatina con la poesía china, la economía con la historia,
generando resonancias que cruzan siglos. Antonio Porchia, en cambio, actúa como
un microingeniero: condensa en cada pálea[1]
una chispa única, una miniatura en la que la oscuridad se enfrenta con la
claridad del pensamiento. En ambos casos, la poesía se revela como un sistema
de canalización de energía: a veces monumental y arquitectónica, a veces
mínima y puntual, pero siempre orientada a despertar el asombro.
La electrónica, por su parte, no opera con
símbolos, sino con electrones. Y sin embargo, su lógica no es tan distinta. El
electrón se mantiene en la banda de valencia, atrapado en su estado
inicial. Para liberarse y generar corriente debe saltar a la banda de
conducción: un vacío, una oscuridad intermedia, debe ser atravesada. Ese
salto es la condición de posibilidad de todos los dispositivos que marcan la
vida contemporánea.
El diodo, al permitir el paso de la corriente
en un solo sentido, es metáfora de la dirección que el poema otorga a la
energía de la palabra. El transistor, capaz de amplificar una señal mínima,
recuerda las páleas de Porchia, donde una frase brevísima adquiere una potencia
universal. El LED transforma la corriente en luz visible, del mismo modo que el
verso, tras su choque con lo oscuro, se vuelve claridad compartida. Y la célula
solar, que convierte la radiación en electricidad, es análoga a la poesía que
convierte la experiencia bruta del mundo en energía espiritual y cultural.
Así, tanto en la poesía como en la
electrónica, se cumple un mismo misterio: la energía aparece cuando algo se
enfrenta a una resistencia, cuando debe atravesar un umbral. La oscuridad no es
la negación, sino el requisito. El asombro poético nace del choque con lo
indecible; la electricidad, del salto del electrón a un nivel superior. Pound y
Porchia, cada uno a su escala, lo intuyeron en sus obras: la palabra es un
conductor de lo invisible, un dispositivo que transforma lo opaco en
luminosidad.
La poesía, entonces, es una ingeniería del
espíritu, así como la electrónica es una poesía de la materia. Ambas trabajan
con el mismo secreto: que toda energía —sea verbal o eléctrica— es fruto del tránsito
entre oscuridad y claridad, y que solo a través de ese movimiento puede
encenderse el mundo.
[1] pálea
es un poema que se brinda como fragmento breve delimitado por falta de cierre,
que realiza la misma pluralidad de sentido, trasladando al lector a un espacio
poético donde se transforma en imagen, en poesía, convirtiendo la sucesión
temporal en momento puro, sin otra limitación formal que hacer parte de una
sola cláusula. (El misterioso libro de Antonio Porchia. Gary Daher, 2019.
Universidad de Barcelona).
lunes, septiembre 30, 2024
Jaimes Freyre: agua poética para Borges
El gran aporte de la obra de Jorge Luis Borges es aquel que está simbolizado en el primer arcano del tarot, le bateleur, es decir, el hechicero capaz de acercarnos con magia a la literatura universal; ejercidas estas artes –las del mago- a través de un lenguaje preciso que gracias a la erudición y sus juegos ficcionales mantiene un fino y ecléctico humor, pero principalmente un tono moderno que nos hace sentir que la tenemos al alcance de la mano, como un regalo que se entrega con renovado brío.
Dice Francesca: -¡Oh Dante! ¿Por qué tu genio quiso
crear este tormento digno del Paraíso?
Peregrina
paloma imaginaria
que
enardeces los últimos amores
alma
de luz, de música y de flores
peregrina
paloma imaginaria.
Siendo Ricardo Jaimes Freyre principal cultor de la
música verbal, pues en su Leyes de la versificación castellana, nos advierte sobre el verso libre: Y tiene una condición que le es propia, que
le impide ser un simple híbrido de prosa y verso: la posibilidad de crear sus
unidades de acuerdo con las ideas; unidades según las imágenes, según las
figuras, según la lógica; la posibilidad de que cada pensamiento tenga su forma
de desenvolverse, como el río forma su cauce, según la feliz expresión de
Verhaeren[9].
No es extraordinario pensar que esta definición, esta Ars Poetica, sería
herencia de Ricardo Jaimes Freyre. Poeta éste cuya poesía es ajena a los juegos
verbales, y por el contrario, a través de la metáfora transporta conceptos cuya
profundidad es consecuencia de sus impenitentes lecturas de literatura del
medioevo, especialmente del Dante.
Todo esto, dirán ustedes, y no sin razón, no ha tenido
que ser foráneo al genio de Borges. Sino muy profundo, tanto que llega a usar
este poema como enseñanza de lo que él mismo preconiza como poesía, es decir,
la música, poema cuyo sentido se refiere precisamente a eso, es decir a la
poesía. ¿Qué mejor tributo se puede rendir en la óptica de Borges a un poema
cuyo sentido es la propia poesía, que sin decir nada a la manera de la música
lo dice todo? Los sones están dados y el entresijo develado. Quién puede dudar
entonces que Ricardo Jaimes Freyre sirviera de fuente del patio secreto, donde la
obra fluye y entrega agua poética y sal –a la sombra de la música modernista- para
la sed inagotable y prolífica del más grande escritor hispanoamericano del
siglo xx.
Gary Daher
[1] El Walhalla, Castalia
Bárbara. Ricardo Jaimes Freire.
[2] Historia de
[3] Jorge Luis Borges en
tiempos escandinavos, Fernando Molina, revista digital La hoja latinoamericana,
julio-agosto 1998
[4] Souza. Mauricio. Ricardo Jaimes Freyre: Obra Poética y Narrativa. La
Paz: Plural editores. 2005. Impreso.
[5] Poesías Completas,
Ricardo Jaimes Freyre, Ministerio de Educación y Bellas Artes, Biblioteca de
autores bolivianos, 1957
[6] Nueve ensayos dantescos.
Espasa-Calpe, 1982
[7] Jorge Luis Borges,
Evaristo Carriego. Alianza, 1990.
[8] This Craft of Verse. The Charles Eliot Norton Lectures 1967-1968,
Presidente and Fellows of Harvard Collage, 2000
[9] Poesías Completas,
Ricardo Jaimes Freyre, Ministerio de Educación y Bellas Artes, Biblioteca de
autores bolivianos, 1957
[10] Artículo escrito por Martín Zelaya el11 de junio de 2016 en el
periódico Página Siete de La Paz. “Borges y Bolivia, un libro y un poeta
perdido”.








