miércoles, julio 12, 2006

Lúcida peregrinación

Yo fui un niño delgado y frágil. A los pocos meses de nacido, sucedió que a mi padre lo becaron para estudiar en la Argentina, así que me llevaron a Buenos Aires y al volver, ya con cuatro años, el olor de la comida boliviana me producía nauseas, había un rechazo físico, una rebelión de mi cuerpo ante lo que para mí era todavía ajeno, aunque fuese el lado entrañable de mi alma, tan rico, peculiar y desconocido. Este incidente trajo sus secuelas, me negaba a ingerir alimentos, de modo que la anemia se había instalado en mí. Fui enfermizo hasta mis trece años, pero las estadías en cama que, a mis siete, duraban quince días sí y quince días no, fueron reduciéndose a ciclos cada vez menores a medida que iba acercándome a la adolescencia.

También el monte. La selva pedregosa de la chiquitania. Roboré con su río, los saltos de agua, que allí llaman chorros, y el tren que pasa con su cintura de hierro rumbo al Brasil. Esa humedad y los bosques de mandarina, con sus frutas y las mieles negras hicieron la sanación. Mientras tanto, yo vivía en el delirio. Las fiebres ocupaban un gran espacio de tiempo, y sentir mi piel ardiendo era ya una costumbre que no me sorprendía y que el agua aliviaba, cuando sumergido hasta que los pulmones estén a punto de reventar, me extasiaba mirando la múltiple coloración de la piedras del fondo del río, del río mágicamente limpio, claro, como un paraíso amplificado. Mirar bajo el agua es escudriñar el mundo asombroso donde los sueños se han hecho físicos.

En medio de ese escenario estaban todos los bultos, los fantasmas, los seres que moran entre la alucinación y la vigilia, el carretero y su carretón de la otra vida, la viudita, el negrito suicida que se había ahorcado –nunca supe de dónde iba suspendido- en el teatro de la V División de Ejército, y el cementerio de los aparatos usados en la Guerra del Chaco, los yip willis, camiones, armas, metralletas, cañones, todo oxidado, inundado por alimañas y hiervas hostiles. El duende rubio que espiaba desde el techo de la casa deshabitada en la esquina del condominio de los militares y los personajes del cine Roxy que, junto con lo espectadores, a las once de la noche, momentos antes de que se corte la luz eléctrica en el pueblo, cruzaban la plaza, es decir, cerca de mi dormitorio, silbando la canción “Dile que la quiero”, de la más impactante película de terror de mi niñez.

Desde entonces sé que el sueño, los delirios, la fiebre y el blanco y evidente día moran todos en uno. Y de esa manera sé que todas las puertas están abiertas. Desde ese entonces, sé que la vida no es un sueño, sino una lúcida peregrinación por un mundo precario y, por eso mismo, maravilloso.

5 Comments:

Blogger jorge angel said...

tu forma de escribir (describir, narrar, transportar), deja mudo a cualquiera, y sí, Roboré es un paraíso.

abrazos

5:31 p.m.  
Blogger A Ramos said...

No conozco Roboré, pero por como lo describes, seguro es el paraíso. Muchos saludos

4:20 p.m.  
Blogger Torumano said...

Gracias, Jorge Angel. Me parece que toda infancia tiene algún lugar en el tiempo y en el espacio que permanece con su olor a paraíso.

4:44 p.m.  
Blogger Torumano said...

Antonio, es una alegría tenerte de visita en mi blog, pues trasciende desde México tu instinto contagioso.

4:45 p.m.  
Blogger Ciclista del valle said...

En el cine Roxy de Roboré vi una película documental sobre sexo en tribus africanas, bárbara... hace 27 años. Caray, no la creo, ser tan viejo. Te agradezco Gary por tu texto.

R.

8:09 p.m.  

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