jueves, enero 05, 2006

Amar

Estaba cansado de que los escritores hablen sobre mujeres alimentadas con flores, de que los cantores hablaran de unicornios y de que mis amigos desenterraran algún poeta que amaba mujeres con extremidades de palmípedo, senos como magnolias y miradas de pronóstico reservado. Todo aquel universo de gastadas miradas oníricas me tenía totalmente agotado. Y aquellos que escribían sobre la corrosión de las manos y las caras de los ángeles que esperan, de los lastimados por los desencuentros y encuentros en el país de las maravillas que soñó Alicia. Con todos ellos andaba hastiado igual que una gaviota macho enterrada en una montaña de lolitas pariendo. Así que un día cerré los libros, dejé de visitar los blogs, ya no quise oír la orgía de frases que se entrecruzaban entre las publicidades morbosas del televisor y las revistas de vanidades, y busqué poseer la mirada, acaso inocente y con seguridad libre de la distorsión que producen los medios, de aquellos humanos de siglos desnudos. De modo que urdí un mecanismo para pensar linealmente, darle a las palabras el significado que debieron corresponderles siempre, olvidar que la luna también puede ser hoz y rayo y ojo y flama, o que el mar es un animal de cante jondo. Entonces supe que había regresado al principio, que en el principio era el verbo, que todo se reducía a una única, bisilábica palabra, aguda como corresponde, mortal como se ha demostrado, certera como el dolor de muelas, perfecta y yugular, dotada de las vocales más abiertas que ha creado la boca de los hombres, boca hecha para gritar y besar al mismo tiempo, boca hecha para devorar estrellas, tiempo, cuerpos, cuerpo del otro, dedos del otro, caverna amada del otro, ojos transparentes, piel como sonrisa, imposible nido del alma del otro.
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