miércoles, diciembre 09, 2009

El testigo de Babel

Mi padre, militar de carrera, me enseñó a memorizar versos prácticamente desde que comencé a hablar. Así, a los seis años repetía poemas, especialmente de Rubén Darío, y recuerdo que saboreaba con gran placer palabras tales como “Ya se oyen los claros clarines. La espada se anuncia con vivo reflejo; ya viene oro y hierro, el cortejo de los paladines”. o aquello de “los frenos que tascan los fuertes caballos de guerra, los cascos que hieren la tierra”. Me parece que estos ejercicios crearon una suerte de disposición hacia la palabra como un hecho estético. Poco después, a los nueve, mi hermano de ocho recibió la tarea de decir un poema en homenaje a las madres, durante el acto cívico del colegio. Mi padre estaba de viaje, ausente, así que me puse a trajinar su biblioteca en busca de alguno alusivo. Probablemente, no encontré un solo texto que, en ese momento, sintiese adecuado. Al poco tiempo me vi, sentado, escribiéndolo.

Algo –la necesidad- en ese pequeño hizo que lo impulsara a hacerlo. En realidad supo que podía hacerlo y lo hizo. El lunes en el acto cívico su hermano decía el poema. Le pareció que nadie desconfió que hubiese sido escrito por otro niño.

El acto de escribir responde en mí a una necesidad. Tampoco sé muy bien precisar de qué, pero de repente ocurre que es necesario y así aparecen los cuentos, los ensayos, los poemas, y un buen día nace el tormento de una novela, que gira y gira en el tiempo hasta que se va concretando, tomando cuerpo, haciéndose físico, empírico en el sentido de su precisión. Es como si se trasladara desde un país ilusorio hasta el territorio de la palabra donde cobra existencia.

2 Comments:

Blogger Albert Lázaro-Tinaut said...

Interesante su blog. Agradezco en especial su homenaje (merecidísimo) a José E. Pacheco.
Saludos desde Barcelona.

5:21 p.m.  
Blogger Torumano said...

Estimado Albert, bienvenido. Todos deberíamos agradecer a José Emilio Pacheco.

6:08 p.m.  

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