miércoles, abril 02, 2008

Pez de Piedra


El día jueves, 27 de marzo, en los salones del Centro Simón I. Patiño Santa Cruz, presenté el poemario Pez de Piedra de Paura Rodríguez. Copio aquí lo que dije en esa oportunidad:


Leer es un acto subjetivo, subjetividad que se pronuncia mucho más cuando esa lectura es una lectura de poesía. Se trata de penetrar en el mundo del poeta a través de la escritura, pero este ingreso no tiene más llave que aquella que traemos en la alforja, y cuyas muescas y códigos están hechos del bagaje de nuestras experiencias y lecturas anteriores. Leer, pues, es una aventura en la que el mundo del otro emerge en volúmenes y sombras debido al lenguaje y que luego se pinta con la luz de nuestros colores. Este paisaje emergente será entonces uno osado y nuevo, porque no es precisamente el que fue creado por el escritor, quien hace la propuesta, germinando diferente, enriquecedor y fértil para el lector, a pesar de que éste ha puesto mucho de sí para recrearlo, y eso precisamente es el que lo hace incorporarlo a su cultura, a su ya transformada subjetividad, gracias al texto.
De esta manera es como enfrentamos Pez de Piedra.
El libro se presenta en tamaño media cuartilla, y trae en la tapa la sugestiva imagen de una laguna o arroyo. El agua está cubierta de hojas que flotan sobre su superficie, hojas plateadas, y por sus variadas formas suponen procedentes de árboles de diferentes especies; bajo la superficie, y a nuestro alcance, flota un pez de apariencia antediluviana, el pez tiene colores dorados, a pesar que la cola se hace plateada en armonía con los colores del conjunto. Diremos, además, que la imagen del agua se pierde, y va más allá del libro. Esta portada no es casual y sí se convierte en visión referencial de la lectura, como sugiriendo que los poemas parten de las experiencias de la poeta, en meditación delante de los estanques, de los arroyos, de las lagunas, en fin, delante del agua, y los diversos elementos que la componen en su múltiple escritura.
Pez de piedra está compuesto de poemas sin título, y que los encontramos distribuidos en tres partes.
En la primera parte, o Pez de Piedra Uno, como titula se plantean las preguntas del trabajo poético, preguntas que no se formulan sino como un asombro, como el descubrimiento de lo oculto. Este presentimiento, esta revelación, se produce gracias al afuera. En él se presiente el entresijo del alma, que tiene que ser esencial (los huesos), y el lector se sorprende con un diálogo interior, pues la poeta le habla a la voz poética, mientras su cuerpo se estremece ante ese misterio, que se insinúa gracias a los pequeños detalles, la tarde, el té, la piedra, el agua, los geranios.
En este diálogo interior, descubrimos dos voces, el narrador poético, y el alma poética a quién se le habla. Es decir ocurre un desdoblamiento en dos personas el yo y el tú, revelados en el siguiente fragmento:
“me digo a mí misma estas cosas
que no son siempre las mismas
y son casi siempre el agua.”
Y ese tú es uno que no hace parte de las alegrías básicas y femeninas: “No podré verte esta tarde / cuando transcurra mi sombra entre flores que aman / los niños”. Se diría más bien que el estado es neutral “No hay tristeza ni alegría: / hay un estar extraño que hace conmigo / lo que las migas de pan / cuando estoy lejos de casa.”
Para que el lector tenga cartografía en este universo, diremos que la casa es el punto de referencia, mientras que la voz (es decir, la voz poética, la voz que dice los poemas desde el interior de la poeta) es a la que se le habla, y la que se aleja cuando se está lejos de los huesos, es decir, de lo esencial.
“Sé que estos huesos
Me serán ajenos de pronto
Y me son ajenos ya,
Ahora,
Cuando estoy más lejos de mi voz.”
En la segunda parte, o Pez de Piedra Dos, hace su aparición la conciencia del cuerpo, pero que va más allá de lo femenino, porque se habla de la herida hermética, impenetrable. “En algún rincón de mi cuerpo / hay una herida hermética, / un dolor que se manifiesta como invierno”.
El cuerpo se descubre material: “Mi cuerpo es de madera, / de mental, / de piedra, / de harapos.” A partir de este nuevo elemento, agregado al primero, al afuera, se desarrolla el misterio planteado inicialmente, y se ahonda adentro de la reflexión poética. Hay una inquietud por descifrar las letanías, los secretos que emergen como un anuncio que llega pero que no puede develarse, situación que produce miedo. “No puedo destejer esta lentitud: / mi frente apoyada, / mi mano ausente. / Es el miedo.”
La poeta descubre que si bien el misterio se ha provocado por el afuera, es el cuerpo quien guarda el misterio: “Cierro los ojos / y transito cada tramo de mi cuerpo, / palpando / una infinita oscuridad / que me ahoga.”
Ese desdoblamiento del Pez de Piedra Uno, no puede realizarse sin poesía. “Deseo poesía para mis dedos / para lavarme los pies. / Para desvestirme de mí / y hablarme de lejos.”
La búsqueda de su alma puede ser confundida, mal interpretada por el mundo exterior “Mientras yo te buscaba, / confundieron / nuestros ritos / con las flores dormidas.”
Pues ese espacio se prefiere en un contexto ajeno a la identidad mundana, se procura algo diferente al nombre propio, donde existe un divorcio entre la esencia y el nombre: “Me llamo por mi nombre / y mi nombre pregunta por mí. / Prefiero una lluvia diferente.”
Sin embargo, esta búsqueda poética requiere de ritos y los ritos llenan el poemario, pero son lo que son: poesía: “Para besar las piedras me preparé un siglo. / No hubo lágrimas, / ni risas, / ni palabras.”
Así, desbautizado, el ser poético está perdido en el lenguaje, y se pregunta: “¿Cómo sabré reconocer mi fuego / en medio de tanto murmullo?”, para responderse inmediatamente:
“Vendrán los otros / a jugar con nuestros signos”
Apostando por aquellos que realizan el acto de leer: nosotros, los lectores, y así ocurra el reconocimiento, que se pide vaya más allá del nombre, es decir, que llegue al alma, al misterio que en estos versos se insinúa.
Como hemos visto, el desnudarse del ser poético va más allá de la identidad o de su nombre, pero, a último momento de Pez de Piedra Dos, ese desnudarse se ve afectado por el pasado, pues “Hay días en los que soy un reflejo de agua. / Me descubro atrapando un papel, / rebuscando en la tierra un recuerdo extraviado.”
Trasladada por ese acto de memorias desde el agua a la tierra, buscar en la tierra será entonces salir del estado poético, ingresar en lo material, en lo térreo.
Dejando al lector en la duda de si el caminar, el morir de la identidad, exige también la muerte de la memoria.
En la tercera parte, Pez de piedra Tres, la poeta da el salto para el que nos estuvo preparando, el salto a la meditación profunda, ya sin el ropaje del nombre, ni del cuerpo, ni del pasado: el estado de la meditación por causa del silencio:
“Este es un intento de caer al fondo de la soledad más / pura: / el de no hablar.”
Cuando el ser poético deja de hablar. Observa. Así los días se hacen impecables. “Los días son como un pañuelo bien planchado donde las moscas no se atreven.”
A partir de allí “Hablas sin repetir los miedos,”. Y hay un retorno a la simpleza, el fin del viaje es el comienzo del viaje, enriquecido; un Ítaca recuperada después de la guerra y la experiencia de la andanza.
En este nuevo espacio, la cotidianidad doméstica ha sustituido la necesidad de la erudición. “Es aquel olor a libros. / (a polvo de antes) / el que ya no está, / el que ha desaparecido para siempre.” Y no solamente el ritual cotidiano y doméstico, sino de patios, “Amo los geranios. / las piedras, / la luz temprana que guarda silencios.”
Finalmente, me atreveré a señalar que este libro, no es otra cosa que el desarrollo de un poema fundamental que viaje y regresa constantemente, poema que aparece como colofón del libro:
¿Qué será de estos huesos que ignoro,
que no veo,
que son como mi alma?

¿Qué será del alma que ignoro,
que no veo,
que es como mis huesos?

¿Acaso habrá una forma de llegar al agua,
de romper los muros sin estruendo?

Huye la palabra como un pájaro asustado,
desaparece,
como desaparecen sus huesecillos misteriosos.


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