domingo, octubre 11, 2026

Travesía excéntrica: el mundo fuera de su centro


La última exposición del pintor Ricardo Jordán nos lleva a desplazarnos del lugar desde el cual miramos. Eso, porque en Travesía excéntrica las pinturas parecen situarse en ese instante en que las formas todavía no terminan de nacer o comienzan a deshacerse: una materia que busca su figura, un rostro que se nos escapa, un paisaje que poco a poco deja de ser paisaje.
En Flor, por ejemplo, la vida parece emerger de una oscuridad mineral; en Lunático, el rostro permanece suspendido entre la aparición y el enigma. Los paisajes prolongan esa incertidumbre: amarillos, verdes y azules disuelven las fronteras de lo reconocible hasta convertir la naturaleza en una experiencia de la mirada. Pero la travesía nos conduce también hacia otros territorios: circuitos, nanobots, exploraciones planetarias, futuros tecnológicos que oscilan entre la promesa y la ironía. El cielo no es lo que era anuncia ya, desde su título, que nuestra relación con el mundo está cambiando.
Hay un hilo que une estas imágenes aparentemente distantes: la inestabilidad de aquello que creíamos conocer. La flor, el rostro, el paisaje, la vida intervenida por la tecnología; todo parece perder su centro y buscar otra forma de existir. También el cuadro hecho de palabras que acompaña la exposición nos ofrece una clave: tradición y ruptura, oficio e intuición, error y acierto, aprender a desaprender. Pintar sería, quizá, saber lo suficiente para atreverse a no saber.
Pero hay otro desplazamiento, acaso más radical, que atraviesa Travesía excéntrica: la salida de los cánones de la pintura hacia un territorio donde las imágenes entran en diálogo con otros sistemas de significación. La exposición no se limita a explorar las posibilidades del lenguaje pictórico; se aventura en el campo de la semiótica, incorpora la lingüística, convoca conceptos filosóficos y abre un espacio para el pensamiento sobre la contemporaneidad. Las palabras dejan de ser un mero acompañamiento para convertirse en materia visual y conceptual; los signos no solamente representan, sino que interrogan aquello que representan. La pintura se convierte así en un lugar de pensamiento, sin dejar de ser pintura.


En este contexto adquiere particular interés la presencia de una entrevista a Nassim Haramein, el físico teórico conocido por sus propuestas sobre el campo unificado. El material expuesto recoge una conversación publicada en la sección La Contra, de La Vanguardia, bajo el título «Tú eres un fractal del universo mientras estás lavando los platos». La afirmación, provocadora por su capacidad de reunir lo cósmico y lo cotidiano, encuentra un eco en el texto de sala Un ojo mira afuera, otro ojo mira adentro, donde Ricardo Jordán reflexiona sobre las semejanzas entre las estructuras del universo y las de nuestro propio cuerpo.
No es necesario aceptar las hipótesis de Haramein como verdades científicas para reconocer la potencia sugerente de esa imagen. El fractal funciona aquí como una figura del pensamiento: la posibilidad de descubrir semejanzas entre escalas distintas, de encontrar en lo pequeño una resonancia de lo grande. El universo deja de ser un espectáculo distante y se convierte en una pregunta que nos concierne. ¿Cuánto de lo que llamamos exterior participa de nuestra propia manera de percibir? ¿Cuánto de lo que creemos conocer depende de los instrumentos con los que aprendemos a mirar?


El texto de sala amplía estas preguntas al considerar los microscopios, los telescopios, los sensores y los algoritmos como prolongaciones de nuestros sentidos. Las herramientas con las que exploramos el cosmos transforman también nuestra percepción de nosotros mismos. En ese punto, la exposición se aproxima a una reflexión filosófica sobre los límites del conocimiento y sobre el lugar de la sensibilidad humana en una época en que las máquinas pueden producir imágenes, establecer relaciones y simular procedimientos creativos. La entrevista no aparece, entonces, como un documento ajeno a las pinturas, sino como otra pieza de una constelación de signos que invita a pensar la relación entre el cuerpo, la materia, la tecnología y el universo.
Me interesa, además, que esta interrogación sobre el futuro tecnológico esté hecha de materia, raspaduras y gestos. Frente a un mundo donde los algoritmos producen imágenes sin descanso, la pintura conserva la huella de una mano que tantea, se equivoca y vuelve a empezar. No se trata de oponer ingenuamente lo humano a la máquina, sino de preguntarnos qué formas de sensibilidad queremos preservar y cuáles estamos todavía aprendiendo a descubrir.


Mirando desde el hecho poético, me gusta pensar que las obras dicen más de lo que se propusieron decir. En esta exposición, la pintura parece buscar sus propios límites y, al hacerlo, encuentra otros lenguajes: la palabra, el concepto, la entrevista, la hipótesis científica. El arte comienza a vivir plenamente cuando una imagen abre preguntas que no estaba obligada a responder, cuando los signos se desprenden de su función inmediata y comienzan a establecer relaciones inesperadas. Quizá por eso el cuadro de palabras no sea una explicación de la exposición, sino una de sus piezas más reveladoras: en él aparecen, dispersos, los términos de una poética que oscila entre el oficio y la intuición, entre la tradición y la ruptura, entre el saber y la disposición a desaprender.
Quizá ahí resida el sentido de esta Travesía excéntrica: salir del centro de nuestras certezas, abandonar las fronteras demasiado cómodas entre las disciplinas, mirar de nuevo aquello que creíamos conocer y aceptar que el mundo —como la pintura— todavía está haciéndose.

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